Cenizas
Escrito por Alex   
jueves, 31 de diciembre de 2009

Click...

Cuando salió de la bañera se envolvió en la toalla, y con aire despreocupado se sentó en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la pared, ninguna prisa tenía, se estaba dedicando todo ese día, cada gota de agua de la ducha, cada milímetro de su piel había sido alcanzado por el gel de baño, primero extendido con la mano y después con la esponja, ninguna prisa, ningún stress, solo relax, las pulsaciones al mínimo.

 

Al cabo de un rato, ni mucho ni poco, el que quiso, se levantó del suelo, y con la misma tranquilidad con la que estaba haciendo las cosas se acercó al espejo, se quitó la toalla para que su cuerpo se terminase de secar al aire, mientras tanto lavó sus dientes, peinó su pelo hacia atrás, observó con detenimiento su cara en el espejo e hizo varias muecas que le provocaron una sonrisa tranquila. 

 

Nada podía perturbar la paz que inundaba la casa, era un buen día para cualquier cosa, pero especialmente para hacer lo que había decidido.

 

En el salón de su casa, sobre la mesa, esperaba una caja solitaria.  Una caja rectangular de medianas dimensiones, algo más pequeña que una caja de zapatos; alrededor, sujetándola pero sin que ejerciese fuerza alguna, había dos cintas que se cruzaban en la parte de arriba, una de color negro y otra de color verde, la de color negro estaba a lo largo de la caja, mientras que la verde rodeaba el ancho de la caja, justo arriba, donde se cruzaban, había un imperdible que unía ambas cintas e impedía que se separasen, de ese imperdible colgaba un penacho de plumas entrelazadas con un hilo color naranja.  La caja era de color blanco, y en cada uno de sus lados tenía grabados a fuego diferentes símbolos que resultaban familiares, y que transmitían paz y tranquilidad.  En la tapa de la caja había una inscripción indescifrable, pero escrita con una caligrafía extraordinaria, con una suavidad de trazos que casi parecía que flotase en la madera de la tapa.  Todo en esa caja irradiaba tranquilidad y misterio, sin que ambas sensaciones resultasen contradictorias.

 

Unos cuantos rayos de luna y unas pocas velas alumbraban la caja sobre la mesa.

 

Con la misma tranquilidad con la que venía haciendo las cosas ese día, se acercó a la caja y comenzó a quitar el imperdible y lo depositó con cuidado en un extremo de la mesa.  Después, sin mover mucho la caja, como si no quisiera incomodarla, extendió a los lados las cintas que se encontraban sobre la tapa de la caja; con la misma tranquilidad con que fueron retiradas, fue enrollando las cintas cobre su mano, y las dejó junto al imperdible que antes las mantuvo unidas.

 

Ya podía acceder al interior de la caja.

 

De dentro de la caja sacó un pequeño tarro de barro tapado por una tela, que estaba sujeta con una pequeña cadena de frágiles eslabones, y cerrado con un candado que carecía de cerradura.  El tarro estaba ornamentado con sencillez, y se apreciaban los mismos símbolos que el exterior de la caja, sin embargo se podía comprobar como, en este caso, los símbolos habían sido grabados a mano mientras el barro estaba fresco, y pintados con posterioridad a ser cocido por primera vez.  Era imposible despegar los ojos de aquel tarro.

 

Lo extrajo de la caja con cuidado y lo depositó sobre un tapete de seda que había puesto sobre la mesa.

 

Tan pronto como acercó su dedo al candado este se abrió, cayendo la cadena sobre el tapete sin apenas hacer ruido.  En el interior del tarro había una especie de polvo gris marengo, casi negro, pero que, lejos de ser mate, despedía un brillo atrayente.  Depositó el contenido del tarro en un cuenco de bronce, y comenzó a verter en el mismo aguan de una botella que se encontraba llena de diversas flores y hojas frescas.  Comenzó a mezclarlo todo con una varilla de sándalo.  Cuando terminó de remover se había formado un barro de color verde, de una suavidad increíble.  Formó un pequeño montículo con él y en el centro pinchó la varilla de sándalo; a continuación le prendió fuego con una cerilla, y cuando comenzó a salir un delgado hilo de humo salió de la habitación.

 

Espero unos poco minutos y volvió a entrar.

 

En el centro de la habitación, mirando hacia la ventana, se encontraba su misma figura.

 

-         Hola

-         Hola

-         ¿Cómo estás?

-         Muy bien

-         Me alegro

-         Vamos entonces

 

Tan pronto como sonaron estas palabras en la habitación entró de nuevo la luz de la luna por otra de las ventanas y las dos personas se convirtieron en una sola, sin poder concretar cual de ellas había desaparecido.  La verdad es que tampoco importaba mucho.

 

Con la misma tranquilidad con la que colocó la caja y el tapete sobre la mesa, los recogió.  Devolvió el tarro a su caja, y lo envolvió nuevamente con las dos cintas de colores; sin presionar demasiado las unió en la parte de arriba con el imperdible.  Recogió también el cuenco de bronce, y el tapete de seda, todo ello volvió al armario del que había salido.

 

Después llenó la bañera y se sumergió en el agua tibia durante un rato. 

 

Cuando salió de la bañera cogió otra toalla y se dirigió al espejo sonriendo.

     

 

 

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