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Dixelia Creativa
Parásito PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Alex   
martes, 18 de mayo de 2010
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Y llegó el día en que la furia salió, pero no lo hizo de la manera en que esperaba, no hubo ningún daño propio ni colateral, no hubo gritos, no hubo una voz más alta que otra, no hubo ofensas, no hubo venganzas, no hubo odios, no hubo rencores, no hubo nada de lo que esperaba.  Simplemente salió y se marchó con una tranquilidad y parsimonia impropia de la furia.  El parásito había abandonado a su huésped, al menos de manera momentánea.

 

En el interior del huésped quedó una sensación extraña, algo que no quería definir como vacío pero que en realidad lo era, notaba como si le hubieran arrancado algo, pero no añoraba nada, desconocía las consecuencias de que la furia se hubiera marchado, pero había decidido que por el momento probaría a vivir sin ella, al fin y al cabo siempre podía recuperarla, eso era los más fácil del mundo, sabía dónde encontrarla, estaría cerca, observando sin intervenir hasta que no se la llamara.

 

No se trataba de vivir un cuento de hadas, simplemente se trataba de hacer las cosas de otra manera, de contar hasta diez, de tensar los músculos del corazón antes que los del cuello, de sonreír sin apretar los dientes, de mirar dos veces a la cara y tres a los ojos, más o menos lo que venía haciendo habitualmente, pero evitando la furia.

 

Quería poder meter las manos en los bolsillos, antes, con los puños apretados, no podía; quería poder pasear sin correr, caminar sin rumbo, hacerlo de manera distraída, fijándose en todo y en nada a la vez, reparando en cada uno de los elementos de la ciudad, pero sin fijarse demasiado en los detalles.  Solamente disfrutaba del olor del azahar en las calles y el color de los árboles.

 

Continuó caminando con la furia siempre cerca.  El parásito que tanto tiempo se había alojado se sentía desconcertado por la actitud de su huésped, esperaba que todo volviera a ser como antes. 

 

Esta actitud duró algún tiempo, es imposible precisar cuanto puesto que cada vez prestaba menos atención a su eterno parásito.  Pero la furia pronto se cansó, la paciencia no era su fuerte, y se marcho hacia otro lugar, sin rumbo fijo, esperando a ser requerida por cualquiera en cualquier momento, con la preocupación de haber fracasado en ese huésped, con la incertidumbre de si podría volver a anidar en otro cuerpo, pero, a la vez, con la certeza de que resolvería esa duda más pronto que tarde.

 

Entonces el mundo del que hasta ese momento había sido su huésped tomó otro color, se lleno de tonalidades distintas, ni mejores ni peores, simplemente distintas; todavía no sabía si esa sensación era buena, de momento le gustaba y con eso bastaba, así es que se dirigió por una calle cualquiera a un lugar sin determinar, dónde sus pies le llevaran, sin prisa, disfrutando de los olores olvidados, sin más preocupación que el poner un pie tras otro…

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