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El mar PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Alex   
lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Te apetece leerlo?, adelante, entra sin llamar, solo tienes que pinchar...

Se levantó como cada mañana con el sonido del Mar Báltico, arrullo que se encontraba grabado en su despertador de última generación que había adquirido por Internet a través de la página de un carísimo diseñador, le había costado mucho dinero y trabajo conseguirlo, pero consideraba que había merecido la pena, puesto que ese maravilloso aparato tenía en su interior los sonidos de más de 20 mares y océanos, era muy relajante escucharlo antes de dormir y al despertar.

 

Continuamente se encontraba rodeado del sonido del mar.

 

Consiguió bajarse el sonido polifónico del mar a su móvil, y cuando alguien lo llamaba podía escucharse hasta una gaviota de fondo, no era muy práctico porque perdía casi todas las llamadas, sonaba demasiado bajo, pero a él le parecía que merecía la pena, y sobre gustos no hay nada escrito.

 

Al montarse en su coche puso el CD con los sonidos del mar que había comprado en el acuario, le apasionaba escucharlo, le parecía relajante y le ayudaba a conducir.  Incluso había sonido de las ballenas. 

 

Cuando llegó a su trabajo encendió el ordenador, y por los altavoces de su monitor, se escuchó el romper de las olas en la orilla, a la vez que salía en la pantalla un fondo de escritorio con una imagen del mar.  Le había costado crear este efecto, pero al final lo había conseguido, y se sentía muy orgulloso de ello, pese a que todo lo había hecho un amigo suyo un poquito pirata, lo cual también le recordaba al mar.

 

Todo a su alrededor le recordaba al mar, era un enamorado de los mares y océanos; se había rodeado de sucedáneos marítimos, sin embargo su cabeza no paraba de recordarle algo que le aportaba demasiada intranquilidad: jamás había visto el mar directamente, ni lo había escuchado, ni lo había olido, ni tan siquiera sabía lo que era meterse dentro.

 

Eso lo tenía pendiente, era un pequeño detalle, pero lo tenía pendiente…

 

Esa mañana se levantó nuevamente con el sonido del Mar Báltico, se desperezó, encendió su móvil, una ducha, un café, y se enfundó unos vaqueros cómodos unas botas y algo de abrigo.  Bajó a la cochera y arrancó su coche, pero esta vez no lo condujo hasta el trabajo, en lugar de eso tomo una carretera secundaria y se dispuso a conducir los más de 1.500 kilómetros que le separaban de la costa más cercana.  Puso su CD con los sonidos del mar.

 

Decidió que era el momento de ver en directo su gran pasión; estaba nervioso por la decisión que había tomado.

 

Tras mucho conducir llegó al borde de un acantilado, se detuvo un momento para admirar la inmensidad del mar, para saborear su olor, para sentir la humedad en su piel, para llenarse de aquel sonido, para disfrutar de la realidad en toda su magnificencia.

 

Desde arriba divisó un sendero que conducía a una pequeña cala con arena y decidió, que si había llegado hasta allí, debía bajar hasta la orilla.  Eso hizo, y a cada paso que daba se ponía más nervioso, se emocionaba más, y sus pulmones se llenaban más y más de ese olor y su boca de ese sabor.

 

Llegó hasta la cala y se sentó.

 

-         Señor – le dijo un niño – ¿no está usted incómodo con esos zapatos? Quíteselos y acompáñeme a la orilla, mis padres no me dejan ir solo y ellos están allí tumbados descansando.

 

Se lo pensó un momento, solo un instante, e inmediatamente se quitó los zapatos y sus pies descalzos pisaron la arena.  El niño lo cogió de la mano y lo acompañó hasta la orilla, y allí sintió como sus pies se mojaban con el agua del mar.

 

-         Oscar, deja tranquilo a ese señor.

 

Ambos se giraron y vieron a una mujer que se acercaba hacia ellos.

 

-         Discúlpele, espero que no le haya molestado, pero le tenemos dicho que no se acerque a la orilla si no le acompaña una adulto, y nosotros estábamos descansando, así es que se ha acercado a usted.

 

-         No se preocupe, no es ninguna molestia, más bien es él el que me acompaña a mí.

 

Ambos sonrieron.

 

-         Tome señor. – el niño extendió la mano y le dio una caracola que había recogido de la arena. – si se la pone usted en la oreja podrá escuchar el mar siempre que quiera.

 

-         Muchas gracias Oscar.

 

Madre e hijo se alejaron diciendo adiós con la mano.

 

Se quedó un rato más en la orilla, se puso las botas, y volvió a su coche.  Cuando arrancó sacó el CD del reproductor y puso la radio mientras conducía de regreso. 

 

Esa mañana sonó el despertador, una melodía normal y corriente, se levantó y se dio una ducha, tomó su café, y se dirigió, como cada día, al lugar donde guardaba la caracola y, como cada mañana, la acercó a su oreja para poder escuchar el sonido del mar, luego bajó a por su coche camino de su trabajo, puso la radio para escuchar algo de música.  

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