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Hay 21 invitados en línea| ¿A qué huelen las tardes de domingo? |
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| Escrito por Alex | ||||||
| viernes, 15 de mayo de 2009 | ||||||
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Funciona como siempre.
Estaba ante un folio en blanco y totalmente concentrado en una mancha en la pared, pensando en si había crecido, en si se había desplazado, o si se trataba de una simple ilusión óptica, y así se le pasaba el tiempo, mirando esa mancha de la pared para no fijarse en el blanco del papel; de fondo se escuchaba el ruido de la calle y los acordes de lo que parecía ser un tango lastimero cantado por Don Carlos. Pero algo sucedió en un momento, la concentración se tornó en inmovilismo y quietud, ya no escuchaba el sonido de la calle, y de repente su mente abandonó su cuerpo, y comenzó a ver la escena desde fuera, a dar vueltas por la casa buscando un lugar por el que salir de aquel lugar, hasta que encontró la puerta y se marchó a pasear por las calles, en busca de algo que devolviera la inspiración a su cuerpo. Allí lo dejó, mientras sonaba unos duros acordes de guitarra española que daban paso a una canción tradicional. Comenzó a deambular sin rumbo ni dirección, sin saber exactamente hacia donde dirigir sus pasos, al fin y al cabo no buscaba nada concreto, solo paseaba, miraba a la gente, y leía los carteles. Pudo leer muchas cosas, desde anuncios en los que se alquilaban habitaciones y se vendían pisos, hasta carteles de películas y de conciertos. De todos ellos uno le llamó la atención, era un concierto de una obra de un antiguo autor que había escuchado varias veces y le traía gratos recuerdos de un país vecino, de un tiempo todavía no lejano, de unos momentos inolvidables de felicidad. Pensó en hacer algo, en evocar con una llamada un recuerdo feliz, en hacer lo que le pidió que no hiciera, en hacer locuras, en llamarla para invitarla al concierto. Sabía que no debía hacerlo, pero le siguió dando vueltas. Continuó caminando, vagando por las calles y los jardines, observando a las familias pasear, viendo como los perros jugaban en los parques, como saltaban alrededor de sus cuidadores, o como corrían detrás de algunos pájaros. Ocasionalmente se escuchaba la música que provenía de un coche, era algún tema de moda, que inundaba el aire con una tristeza inusual. Súbitamente se detuvo y se tumbó sobre la hierba de un parque, no estaba cansado, era una mente, el cuerpo se encontraba en otro lugar no muy lejano, podía utilizar todos los sentidos, y los estaba usando. ¿Por qué se detuvo entonces? Por un momento, cuando estaba parado observando los perros, le llegó un olor familiar y relajante, y se sentó a deleitarse con él; pronto se vio tumbado sobre la hierba disfrutando de ese momento y observando las nubes. En ese momento le vino la inspiración, y volvió a casa, a reunirse con el cuerpo. Durante el camino iba oliendo todas las calles, y el ambiente le traía gratos recuerdos de tiempos cercanos, ya no leía los carteles, tan solo se fijaba en el que le había hecho evocar el tiempo estival, y a su mente regresaron los recuerdos de un periodo estival muy próximo y muy feliz. Cuando entró en la casa sonaba una nana de quebranto, pero no fue eso lo que le llamó la atención antes de regresar al cuerpo; lo que le llamó la atención fue el olor al entrar en la casa, era distinto. Por la calle venía pensando, después de haber olido el aire y haber visto las nubes, en esa pregunta del anuncio “¿a qué huelen las nubes”, y empezó a preguntarse ¿a qué huelen las tardes de domingo?. Al entrar en la casa esa tarde de domingo no olía igual; ya no olía como antes, ya no olía como hace poco, ya no olía a comida, ni a trabajo, no olía a película, no olía a gel de baño; olía a soledad y a melancolía, olía al blanco de las paredes, olía de manera monótona. Olía de manera distinta. Cuando empezaba a sonar una copla popular interpretada por y con Pasión, la mente volvió al cuerpo, y en ese momento ambos comprobaron que el olor de las tardes de domingo había cambiado.
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